domingo, 19 de noviembre de 2017

  • Entrevista a María Fux


    La puerta de una casa antigua situada en el pintoresco barrio de Congreso de la ciudad autónoma de Buenos Aires se abrió lentamente y detrás una mujer de ojos muy brillantes y grandes nos esperaba. María Fux. Tan suave, consciente y etérea como toda su vasta trayectoria en el mundo de la danza y como danza terapeuta. Frente a nosotros una vida de coraje retratada en cada fotografía visible colgada en las paredes del largo   pasillo de su estudio cubierto de historias y enseñanzas. Una mujer con sabiduría, una mujer de lucha y amor. Una artista que sigue trabajando día tras día para que otros se reconozcan a través del propio cuerpo, en la alegría de aceptarlo y la intención de expresarse. Su huella está trazada en las escuelas de formación, en cada uno de los niños, jóvenes y adultos, seres luminosos que buscan engrandecer el espíritu en el encuentro constante de la danza y la terapia corporal. Citando sus palabras tangibles compartimos un breve lapso de la emotiva entrevista:
    -“No danzamos para gustar, sino para ser nosotros mismos, para poder crear, expresarnos y entregar a los demás, desde el principio y para siempre”- Karina.

    J-P: Usted dice que un artista logra cambios a través del movimiento y de la potencialidad que todos tienen ¿El movimiento comienza de afuera hacia adentro? ¿Cómo lo maneja usted?

    M. F: -Yo no manejo nada, estimulo a la gente a que se exprese a través de lo que es, con dificultades, tratando de decirle al cuerpo que sí, se puede. El movimiento lo hago de afuera hacia adentro y de adentro hacia fuera. Depende de los estímulos que tenga. A veces la palabra, a veces la música, el color, la forma.-

    J-P: ¿Cuándo se dio cuenta y tomó conciencia por primera vez de que su vida seguiría el camino de la danza?

    M. F: -Si me acuerdo debe ser en el vientre de mi madre. Apenas pude caminar ya quería danzar. Sabía desde siempre que lo que quería hacer y era amar el movimiento. Me ayudó muchísimo a tener una dirección en la vida.-

    J-P: Al ver como usted dice que “la danza se deshace en el aire una vez finalizada” ¿La sensación del vacío la llevó a buscar el camino de la danza terapia y a escribir libros para dejar un legado más tangible que la belleza efímera de la danza?

    M. F: -Las cosas van llegando a través de etapas. Una vez que danza, no es como la gente que escribe o los que hacen cuadros con la pintura o los que escriben música. La danza es movimiento. La danza una vez hecha desaparece. Me he dado cuenta que lo que yo realizaba en el escenario y lo que entregaba en las clases cambiaba mucho a la gente, le daba posibilidades de crecer y yo sigo creciendo con ellas a través del movimiento.-

    J-P: ¿Cómo hace para llegar a personas que no pueden escucharla a usted ni sentir la música?

    M. F: -Aprendiendo otro tipo de lenguaje. Algo tienen en común el cuerpo y el silencio, es que no pueden mentir. Yo puedo ser sorda pero puedo ver, entonces a través de las imágenes puedo darme cuenta -por ejemplo- que esas cortinas tienen líneas verticales y si tienen líneas verticales y las ventanas también tienen líneas de horizonte ya me están dando una manera de comunicarme con el cuerpo. Todo produce estímulo a la gente que no escucha porque cuando se pierde un sentido las posibilidades de observar aumentan. Yo trato justamente de que los ritmos que no se escuchan puedan danzarse desde el cuerpo. Los resultados son maravillosos. La capacidad la alegría que se da, la comunicación no sólo en forma individual sino entregándole a la gente lo que hacen. Los grupos son muy diferentes con diversas posibilidades de danza. No se aprenden pasos. Y no es trabajo, es mi vocación. Es un acto de amor y de placer.-

    J-P: ¿Cuánto tiempo lleva en la senda?

    M.F: -Cincuenta y cinco años que estoy en este camino y mucho más de sesenta bailando sobre el escenario.-

    J-P: ¿Bailando para diferentes públicos?

    M. F: -Uno no elige al público, la gente viene. Ahora en este momento estoy preparando un grupo que se llama GRUPO E formado por mi, en marzo los voy a presentar, un grupo de catorce personas, van a hacer un espectáculo que se llama (Y AHORA QUE).

    J-P: ¿Cómo fue el aprendizaje que debió hacer cuando tuvo la lesión en su rodilla?

    M. F: -Fue un aprendizaje muy grande porque toda caída para recuperarte tienes que aprender, hacerme valiente con el encuentro del cuerpo. A mí se me rompió la rodilla y me tuvieron que colocar unos clavos. Tenía que viajar a formar gente en Florencia, Italia y en Milán que tengo escuela y, bueno, no pude viajar porque la operación me impidió caminar, moverme. Tuve que aprender todo a través de la parte sana de mi cuerpo. Todo es un aprendizaje, una enseñanza ¿No? Danzar es una enseñanza. No solamente a través de las cosas que parecen bonitas, yo no pienso en eso, pienso en lo que se puede expresar para poder dar. Mi experiencia la fui dando a través de los libros.-

    J-P: Una mujer como usted que ha consagrado la vida a la danza, creando un método de danza, que ha viajado por todo el mundo y con 89 años admirables sigue bailando, transmitiendo su saber ¿Qué le diría a aquellas personas que están iniciando un camino parecido al suyo?

    M. F: -Primero saber qué quiere, segundo, mejorarse como persona y tercero aprender un lenguaje que ayuda a comunicarse con uno y después comunicarse con los otros. Le diría que elija el camino.-

    J-P: ¿Qué importancia tiene el silencio?

    M. F: -Claro, justamente eso que te conté a través de los sordos, para ellos no existe el sonido, la música ni nada que tenga que ver con ruidos. Sonido no es la música, es todo lo que nos rodea. Aprender que dentro del cuerpo hay ritmos silenciosos que se pueden mover. Pienso que es importante estar silencioso para escuchar y moverse, no buscar la música para hacerlo. Cada uno busca los caminos que necesita. A mi silencio lo amo. Es como una puerta que puedo abrir y cerrar cuando lo siento necesario. Cuando estoy en silencio descubro cada día quién soy y qué he hecho conmigo. Es un hermoso poder estar.-

    J-P: Usted dice que no enseña sino que trata de ser un puente de comunicación con su experiencia ¿Cómo hace para que los demás puedan transitarlo con su gran experiencia de vida?

    M. F: -Ante la gente no tengo gran ni pequeña experiencia. Es todo lo que se, lo que voy aprendiendo con la gente. Es eso, a diario. ¿Cuándo usted se levanta de la cama se pregunta cómo hace para levantarse?-

    J-P: ¡No!

    M. F: -Bueno, yo también hago lo mismo.-

    J-P: Después de tanto andar ¿Cómo ve a la danza en un mundo tan convulsionado?

    M. F: -El mundo de la danza es el mundo de la vida. Estoy muy preocupada por lo que pasa, me interesa la forma en como nos está tratando la gente que nos gobierna, me duele la tristeza de los chicos jóvenes, la toma de terrenos, la gente que vive en carpas y que no tienen para comer. Me importa todo. No es que estoy fuera del mundo, se lo que pasa, veo las cosas que son injustas, me da mucha pena que sigan matando gente en la guerra y acá mismo, los chicos que mueren. En el pequeño lugar que habitamos que es un lugar que tenemos como cuerpo, tenemos que tratar de entregar lo mejor a la gente que nos rodea, de todos modos no dejo de pensar que hay mucha injusticia.-

    J. P: Usted con su labor no está contribuyendo con todo el desorden que vemos alrededor. Usted contribuye para mejorar al mundo.

    M. F: -Yo estoy comprometida con la vida, dentro de mis posibilidades que son unos granitos de arena. Hago lo mejor que puedo.-

    J. P: -La danza, la vida, el arte que María Fux transmite. ¿Es un acto religioso, espiritual? ¿Cuál es la diferencia?

    M. F: -¡Es un acto de amor!-

    J. P: Recorriendo un poco su vida tan plena de actividades. ¿Se siente realizada? ¿Le quedan cosas por hacer?

    M. F: -Yo pienso que lo que me resta de vida me gustaría celebrarlo. Estar bien hasta el momento en que me vaya. Entregando.-

    J. P: ¿Cuál sería su mayor legado en esta vida?

    M. F: -Respetar lo que otros están haciendo en la danza. Lo que yo hago está siguiendo, hay gente que trabaja muy bien, un camino parecido, no es igual al otro. Respetar las cosas maravillosas que cada uno tiene como personalidad diferente de uno. Uno no puede hacer todo. He formado gente muy valiosa tanto acá como en otros países, con quienes tengo una relación extraordinaria a través del tiempo y tenemos la alegría de cuando nos podemos encontrar, están cerca aunque estén lejos.

    J. P: ¿Tienen el nombre de la Escuela de María Fux?

    M. F: -Sí, pero eso para mi no tiene importancia. Sí me importa la formación. Permanentemente doy seminarios, siempre estoy formando gente y doy clases tres veces por semana en forma rigurosa, ahora estoy esperando las muestras de nuestro trabajo de fin de año.-

    J. P: ¿Y su cuerpo cómo lo lleva?

    M. F: -Muy diferente que el de los quince años. Y bueno como las arrugas, las tengo que aceptar. Me cuido todo lo que puedo, observo los cambios, muchas veces no me gusta pero qué voy hacerle, me encuentro que el tiempo lo lleva todo.-

    J. P: ¿Su mamá era bailarina?

    M. F: -Mi mamá era mi mamá. Eso es lo más importante. Mi mamá no podía danzar, tenía una pierna dura, yo soy la rodilla de mi mamá. Ella era una mujer extraordinaria, amaba mucho la danza e indudablemente me amaba a mí como hija. Fue muy buena crítica.-

    J. P: ¿Y su padre?

    M. F: -Él era muy riguroso y le parecía que “danza” era una mala palabra. Cuando bailé en el Teatro Colón, mi padre estaba en el palco y lloró. Me dijo que lo perdonara porque se daba cuenta que yo tenía otro tipo de danza. Tuve mucha suerte con mis padres. Estoy muy agradecida de lo que aprendí de ellos. Me hicieron ser una persona. Saber cómo se pone la mesa, como se hace la comida. Mis padres no sabían lo que me pasaba. Tenían una hija “rara”. Otro mundo.-

    J. P: ¿Con la vocación ya definida?

    M. F: -Si, pero yo tampoco sabía a dónde me llevaba. Nadie sabe antes de hacer a dónde va.-
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